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El devenir de los acontecimientos propiciados por el monje Paio, no debe sorprendernos, ya que desde la época de la muerte de Santiago, circulaban rumores sobre la ubicación de su tumba en algún lugar entre los que habría predicado. Rumores alimentados en el S. VIII por San Isidoro de Sevilla, y más tarde por el Beato de Liébana, ya que ambos afirmaban que Santiago Zebedeo estaba enterrado en tierras hispanas.

Teodomiro se apresuró a visitar el frondoso bosque de Libredón, donde observó como destacaba lo que parecía ser un sepulcro, dentro del cual había dos tumbas y un altar, y bajo el altar otra tumba con un cadáver decapitado, (así murió Santiago) no le quedó ninguna duda de que se hallaba ante el lugar del enterramiento del Apóstol y dos de sus más fieles discípulos, Teodoro y Anastasio.

Enseguida propagó la noticia, primero avisó a su rey, el monarca astur Alfonso II el “Casto”, (759-842) y posteriormente al Papa, León III, (quien había coronado emperador a Carlomagno en Aquisgrán en el año 800) y que oficializó el descubrimiento del sepulcro con la epístola "Noscat Vestra Fraternitas".

Corrían tiempos difíciles para la Hispania cristiana. El avance musulmán había sido contenido en el norte y noroeste, por donde se extendían los dominios de un pequeño reino cristiano, Asturias, al cual pertenecía Galicia; y la incipiente Navarra. El valle del Duero era un baldío desierto demográfico que servía de frontera natural entre los cristianos del Norte, y los musulmanes del Sur. En los Pirineos, la Marca Hispánica, bajo dominio Carolingio, hacia lo propio, y delimitaba el poderío del todopoderoso emirato de Córdoba, cuyo territorio llegaba hasta los confines del Duero, quedando muy expuestos los cristianos a las correrías de los ejércitos Omeyas. La falta de cohesión se evidenciaba tanto en un bando como en el otro, pero era el cristiano sin duda, en esos momentos de la historia, S. IX, el más necesitado de “hechos milagrosos” que asegurasen su pervivencia frente al poderío musulmán. En momentos tan delicados, un descubrimiento de tal calibre en tierras donde se combatía al infiel, era de lo más oportuno para aunar esfuerzos entre los diferentes reinos de la amenazada cristiandad.