Área de gestión empresarial, MBA y comercio internacional

Un halo legendario envuelve a la milenaria ciudad de Santiago de Compostela, y buena culpa de ello tiene el término Campus Stellae “Campo de Estrellas”. Cuenta la leyenda, que allá por el año 814 tuvo lugar un hecho cuya trascendencia perdura en nuestros días. Un anacoreta llamado Paio (Pelayo), permaneció absorto ante la visión de unas estrellas luminosas en las proximidades de un antiguo cementerio, una necrópolis tardorromana en el bosque de Libredón. Éstas iluminaban un lugar oculto entre las zarzas, de entre las cuales pudo distinguir unas ruinas de lo que parecía ser una construcción funeraria que destacaba sobre la sencillez de las demás tumbas. Estupefacto por lo extraordinario del acontecimiento, optó por caminar los 18 Km. que separaban el lugar del hallazgo de la sede episcopal de Iria Flavia, la actual Padrón, donde pondría al corriente del hallazgo al que por entones era su obispo, Teodomiro.

Santiago (Jacob) el “Mayor”, había predicado por tierras hispanas, se dice que con poca fortuna; y en concreto pasó algunos años en el Noroeste peninsular, por tierras gallegas y asturianas. Corría el año 44 de nuestra era cuando decidió regresar a Jerusalén con algunos de sus discípulos, varios de ellos, hispanos, y fue decapitado ese mismo año por orden de Herodes Agripa. Sus seguidores ocultaron su cuerpo, lo embalsamaron, y organizaron su traslado en barco desde Haifa (Palestina), rumbo a Hispania, para darle digna sepultura. Tras surcar el río Ulla, y su afluente el Sar, amarraron su barca ante un “pedrón”, término que dio origen al actual nombre de la población de Padrón, y que todavía se conserva bajo la iglesia de Santiago de dicha localidad. Al desembarcar pidieron ayuda a la pagana reina Lupa para que les ayudase con el cuerpo, pero ésta usó todo tipo de trabas y artimañas para deshacerse de los incómodos huéspedes. Finalmente cedió en cederles unos bueyes –en realidad toros bravos-, para que tirasen de la carreta que portaba el sepulcro de Santiago. Tornados los toros bravos en mansa yunta de bueyes, la reina optó finalmente por darles protección, y los discípulos dispusieron que fuera la divina providencia quien decidiese el lugar del enterramiento, y allá donde se detuviesen los toros, acordaron que sería inhumado el Apóstol.